No siempre un final abierto resuelve la historia. En ésta, valga la oposición, cierra adecuadamente y permite al lector elaborar el resto del devenir de Laila, que ya no es Emilia, un remanente de cuestiones no menores, pero que dejan a la autora centrarse en su principal objetivo: el terrorismo de Estado y, dentro de ese infierno, en la apropiación de niños por parte de los ejecutores de ese plan macabro.
Bajo esa pauta, el libro trata de la identidad. No sólo la que hace a la pertenencia familiar, sino también a la que nos une a una nación ancestral. Ese conocimiento del yo, indispensable para desarrollarnos como individuos, “...como si nunca antes hubiera percibido todo ese cuerpo y, ahora, lo reconocía en forma desenfrenada”.
Inevitablemente, aborda la trilogía inseparable de Memoria, Verdad y Justicia. Mientras la primera se va construyendo colectivamente, con todo el dolor de un parto, la segunda se revela “como si la espesura de lo inexplicable estuviese construyendo (...) una verdad agazapada durante toda una vida”. En cuanto a la justicia, las circunstancias actúan previas a la intervención humana que, sin embargo, es la única que puede saldar el balance histórico.
Gabriela Alfie delinea un personaje sólido en su lucidez, que arrastra las contradicciones propias de quien vivió engañado y moldea la construcción de un imaginario que lo induce a la negación. Muy interesante para tener en cuenta en estos tiempos en que el discurso hegemónico crea verdades donde no las hay y oculta hábilmente la mentira. Algo así como lo que ocurría en aquellos años oscuros.

Rubén Saccchi: escritor, director de cine y fotógrafo. Director de la revista cultural Lilith.
Publicado el Sábado 17 de marzo de 2018 en http://desmenuzartemejor.blogspot.com.ar/2018/03/prisionera.html


 


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